| |
Sé que de súbito
has visto
a mis ojos
mirar
en lo profundo de los tuyos.
Sé
que los has querido atrapar
un instante:
buscando,
merodeando el fuego lento
de tu alma durmiente.
Has volteado la vista
cada vez
un poco con miedo
un poco con pena
un poco sonriente,
sintiendo
mi conocer del secreto
viendo en
mis ojos
que el tuyo
es secreto mío también.
¿Dejarás a mis ojos
que busquen
más tiempo la próxima vez?
¿Profundamente
dentro los tuyos?
¿El amor,
cálido y cierto
que aún te tienes que dar?
El impulso
del vuelo libre y eterno
que habrás de emprender
al dejar que surja de tí
el ser
que en tí se esconde
tierno e incauto,
ávido de calor.
La pasión
desbordante y ardiente
que aún te falta pro sentir:
aprendiendo a estrechar
a otros cuerpos vibrantes,
de almas
igualmente moldeadas,
descubriéndote en ellos, mágicamente,
en cada beso
en cada caricia
en cada amanecer?

¿Y el dolor que
enmascaramos?
El silencio
por el que nos hemos dejado envolver.
La tristeza
en las miradas apresuradas
de las que hemos hecho una señal.
¿La angustia
en nuestros espíritus dolientes
al vernos señalados
encarnando al cruel castigo
desgarrador desprecio
locura inacabable y fulminante
que nos han sabido imponer?
¿Y el coraje
lentamente
lentamente
hirviendo
la sangre
hasta tornarse en furia
incontenible
arrazadora
augurio
de mil batallas
a muerte
que habremos de enfrentar?
¿Y la esperanza
dulce esperanza
reconciliadora
de que algún día
mis ojos, o
tus ojos, o
los ojos de alguien
ya no
tengan
que buscar?
Eres tan joven.
Sé
que cuando veas de súbito
a mis ojos
mirar
en lo profundo de los tuyos
nuevamente,
querrás
voltear la vista
un poco con miedo
un poco con pena
un poco sonriente,
e irte al patio
en el recreo
a jugar.
Pero díme,
¿dejarás a mis ojos
que busquen
más tiempo la próxima vez?
Nueva York, Mayo
de 1988
|
|